MILONGUITA DEL ARRABAL

Buenos Aires 1920

Cruzó la calle con miedo de resbalar en el barro. Se lamentó por sus zapatos nuevos, arruinados sin remedio. Su mal humor duró segundos, se disipó al divisar el edificio que buscaba: “El Gato Negro”, el prostíbulo recomendado por su tío.

“Tiene las mejores minas, es el lugar ideal para tu debut”, le dijo en un aparte de su fiesta de cumpleaños. Era imprescindible que su madre no escuchara semejante comentario, sería la hecatombe.

Dieciocho años,cuanto había soñado con cumplirlos para dejar de usar esos bochornosos pantalones cortos. Y ahora su tío le presentaba esa magnífica oportunidad...sin duda, el mejor regalo de cumpleaños.

Tramó un engaño convincente para salir esa noche sin inconvenientes. A él se le daban muy bien pergeñar mentiras,”es un don que tengo”, bromeaba con sus amigos.

“El Gato Negro” se situaba en La Boca, una zona del arrabal porteño que se desplazaba a lo largo del Riachuelo. El lupanar era un edificio de chapas de metal acanaladas, montado sobre pilotes debido a las frecuentes inundaciones. La luz roja de la entrada lo invitó a pasar.

Un tango ejecutado por una miserable orquesta, compuesta por un bandoneón y una guitarra, le dio la bienvenida.

   “Si supieras, que aún dentro de mi alma

    conservo aquel cariño

    que tuve para ti…

    Quién sabe si supieras

    que nunca te he olvidado,

    volviendo a tu pasado

    te acordarás de mi”.   

Intimado,se quedó tieso en la puerta, no sabía dónde dirigirse.

Entre volutas de humo vio acercarse a una mujer entrada en años y en carnes. Al sonreírle con descaro dejó al descubierto una dentadura amarillenta. Su aliento a ajo le repugnó.

_ Buenas noches, soy Madame Ivette, mis muchachas están a tu disposición. Pero antes, una copita de ginebra para entonar…¡ah!, son diez pesos, cobro por adelantado.

Lo tomó del brazo y con paso decidido lo llevó hasta una mesa cercana a un gran patio iluminado en el que se paseaban unas jovencitas con enaguas transparentes, debajo, nada...Se le hizo agua la boca.

La copita de ginebra se convirtió en una botella. Estaba exultante, preparado para la gran hazaña, su primera vez…

Vacilante, se levantó de la mesa y se encaminó hacia el patio. ¿A quién elegiría? La rubia, si la rubia.

Una mano tosca y velluda lo golpeó con rudeza en la espalda empujándolo contra una pared.

_ Esa papusa es mía._ Un compadrito, personaje vicioso y ventajero, lo desafío haciendo alarde de su pericia con el cuchillo.

_ No se me enoje amigo, yo no sabía_ se defendió sin quitar los ojos del filo del cuchillo.

_ ¿Qué anda pasando?_ Madame Ivette intervino para aquietar los ánimos._ Cicatriz metete en la pieza con la piba y deja tranquilo al muchacho. Vos _ le dijo al debutante _ vení conmigo.

Lo hizo entrar a una habitación pequeña que olía a humedad. Recostada en la cama había una muchacha de unos veinte años envuelta en tules, de cabellos castaños y ojos de un azul perturbador.

El muchacho al verla, tembló de deseo.

_ Milonguita, a ver si te esmerás con el “pituco”, quiero que vuelve, ¿entendistes?_ le dijo de mala manera Ivette y desapareció.

Ella se le acercó cautelosa. El estaba hipnotizado por sus movimientos que pronto se convirtieron en suaves caricias que lo fueron despojando de las ropas. El, inexperto; ella, una especialista.

De repente se desató en el cuerpo del joven un torbellino de sensaciones que lo enloqueció.

Ella lo estimulaba con maestría, el disfrutaba y la besaba con torpeza.

El sintió que los unía un magnetismo mágico y se dejó absorber por esa percepción.

Ella lo llevó al éxtasis, intenso, rápido como descorchar una botella de champagne. Sintió que su cerebro se desconectaba de su cuerpo provocando un cortocicuito que lo desprendía de la tierra.

Cuando volvió a la realidad, ella lo estaba observando. El le acarició el rostro, esta vez sin timidez.

_ ¿Por que te llaman Milonguita?_ le preguntó sonriente

_ Mi nombre verdadero es difícil de pronunciar, por eso Madame Ivette me llama así.

_ ¿Cuál es tu nombre?_ insistió

_ Jagienka

Con un silbido expresó su sorpresa.

_ Soy polaca

_ ¿Y cómo llegaste a la Argentina?

_ Es una historia muy larga.

_ Te escucho, tengo tiempo _ el joven estaba intrigado

Jagienka corrió la cortina desteñida que cubría los vidrios de la puerta. Miró a un lado y hacia el otro, temiendo que Madame Ivette la estuviera vigilando.

_ Cuando tenía trece años me trajeron engañada a estas tierras._ su pronunciación nnasal revelaba su origen extranjero._ Vivía en la miseria y con el temor a los progromos. Soy judía,sabes, y a los judíos nos persiguen en todas partes.Un paisano, que había hecho fortuna en América, engañó a mis padres, les prometió que me daría trabajo en su casa cuidando a su hijita recién nacida.

Mis padres aceptaron enseguida y en ese momento comenzó mi pesadilla. Al llegar a Buenos Aires me subastaron en un Café. Madame Ivette me compró y desde entonces trabajo para ella.

El joven se indignó ante semejante injusticia. ¿Pero qué podría hacer él? Nada, sólo gozar de ese cuerpo armonioso y dúctil en sus manos. Además él había pagado, era su derecho.

Amanecía cuando el debutante abandonó el burdel.

El, satisfecho, henchido el pecho por haber demostrado su hombría. 

Ella, apática, indiferente, él había sido uno más de tantos. No gozó, sólo hizo su trabajo.

El soñaba con repetir la lujuriosa experiencia. Ella soñaba con morir.



“Me entrego a todos, mas no soy de nadie

 para ganarme el pan vendo mi cuerpo

 ¿qué he de vender para guardar intactos

 mi corazón, mis penas y mis sueños?    César Tiempo


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